Cuando el vino toma la palabra
- Julio Martínez López

- 8 abr
- 3 Min. de lectura
Cualquier persona puede preparar un trago a base de vino, pero algo muy distinto es crear un cóctel con vino. El juego de palabras es mínimo, la diferencia abismal.
Mezclar un vino con tres, cinco o diez ingredientes es sencillo. Lo complejo es lograr un cóctel donde la idea principal sea que el vino se exprese, dialogue y conviva con los demás componentes sin desaparecer. Y eso no es nada fácil. Por eso, al momento de diseñar un cóctel con vino, el trabajo debe ser meticuloso. Cada decisión cuenta. Crear un cóctel con vino no es sumar ingredientes: es construir un discurso consecuente donde el vino tenga algo que decir.
El objetivo es claro: que el vino no quede opacado ni perdido entre capas de aromas y sabores. Idealmente, en algún momento —al acercar la copa a la nariz, en el primer sorbo o en la búsqueda del retrogusto— el vino debe aparecer y recordarnos que él es el protagonista. El juego es casi infinito. Todo comienza con la elección del vino que se quiere destacar. A partir de ahí se abre un abanico inmenso de destilados, macerados y fermentados, acompañados por cítricos que pugnan por hacerse notar y finalmente por un puñado de amargos y dulces que, aunque se den la espalda, aportan cada uno su parte al equilibrio final.
Un claro ejemplo es el del Negroni, emblemático por su carácter, sutileza y perfección. Debemos ser muy detallistas para lograr modificar este cóctel siendo en origen tan perfecto.
El Negroni clásico es una conversación perfecta entre tres voces que se sostienen un fino contrapeso de sabores. El London Dry Gin aporta su carácter botánico y seco; el Vermut Rosso introduce un toque justo de dulzura especiada, casi cálida; y el Campari marca el pulso con su amargor firme y elegante. Nada sobra, nada falta. Es un cóctel de líneas definidas, directo, con una intensidad que se percibe desde el primer sorbo y un final seco que invita al siguiente. Su fuerza está en la precisión: tres partes iguales que construyen una identidad clara, casi arquitectónica.
Cuando a esta ecuación se le suma vino tinto, el discurso cambia. El Negroni deja de ser una figura geométrica y se vuelve más narrativo, más profundo. El vino aporta fruta madura, una acidez sutil y una textura más amplia. La sensación alcohólica se integra mejor, el trago se siente más largo. Ya no es solo un aperitivo contundente; es un cóctel con matices, más gastronómico y complejo. Ambos comparten la misma raíz, pero expresan temperamentos distintos. El clásico es precisión y carácter; la versión con vino es profundidad y evolución. Uno seduce por su estructura impecable, el otro por su riqueza y su capacidad de transformar lo conocido en algo más envolvente.
Esto es solo el inicio la exploración del vino y la coctelería. El resto del diálogo quedará para otra copa… y otra página.

Esto no termina acá. Les dejo los tips para crear tu "Perfect Negroni" con vino para tus amigos como todo un profesional.
En un vaso old fashioned (el clásico vaso ancho y bajo de whisky) colocamos hielo y lo revolvemos con una cuchara para enfriar bien la cristalería. Luego retiramos el excedente de agua (sin quitar el hielo) y agregamos todos los ingredientes. Revolvemos nuevamente para integrar y enfriar correctamente la bebida. Finalizamos decorando con una piel o rodaja de naranja, que aportará un delicado toque cítrico en aroma y sabor.
Ingredientes:
30 ml London Dry Gin
30 ml Campari
10 ml Vermut Rosso
30 ml Vino Tinto Merlot–Tannat
Es fundamental elegir adecuadamente el vino para mantener la armonía del cóctel. Mi favorito para esta versión es un blend tinto compuesto por 80% Merlot y 20% Tannat con pasaje por roble. El Merlot aporta fruta y suavidad, mientras que el Tannat brinda estructura y carácter, potenciando así el perfil de la bebida.
¿Se puede experimentar con otras cepas? Por supuesto. Lo importante es que el vino se perciba, tenga presencia y aporte su identidad al conjunto.
Ahora sí… ¡Sólo queda explorar y reversionar tu propio Negroni!
